Jorge L. Torres-Gimenes


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Que en paz descance nuestro gran amigo Jorge, quien gracias a su amistad, a la lectura de sus libros y a sus mensajes llenos de positivismo hacia la vida y la adversidad, dejó una huella muy profunda en todos los que tuvimos el privilegio de conocerle.  Gracias a él somos mejores seres humanos. Jorge falleció en su hogar el 27 de marzo del 2001 acompañado de su amada Claudia.

En su honor y para que otros puedan beneficiarse, publicamos algunos de sus escritos y varios que sobre él escribieran algunos amigos.


ACERCA DE JORGE

27 de marzo de 2001 

Hoy murió mi amigo, y hoy mi amigo dejó de morir.

Morimos un poco cada día; pero hoy me siento morir un poco más.

La muerte es curiosa. Mientras que aparentemente nos aleja físicamente, se hace cómplice de nuestra vanidad haciéndonos eternos a través de la imprescindible necesidad del recuerdo.

Mi amigo es un regalo que me ha dado la vida. A partir del momento en que lo conocí tuve la certeza de que seríamos cómplices inseparables, en el asalto sin prejuicios, de todas aquellas cosas que hacen irresistible el arte de vivir, del que sin duda era un maestro.

Hoy murió mi amigo, y aunque según él, no debería, estoy triste. Lloro por qué no lo tendré del otro lado respondiendo mis mails, ni agasajándome con sus Tao del Día o sus inefables ocurrencias . Aún así presiento la eternidad de mi amigo; que no sólo no morirá jamás, sino que esta hoy fundido en la inmensidad del cosmos.

Nuestra vanidad y la muerte son aliados. Nos hacen eternos a través de los recuerdos, nos funden en un todo, nos convocan y estremecen.

El nacimiento duele. Un grito ahogado y un llanto persistente y tenaz es la respuesta ante la prepotencia de la vida. Estamos solos y desvalidos. Así comienza nuestra historia, única e irrepetible, aunque con un final ya anunciado, la muerte misma.

Todo esto y mucho más me provocas mi querido Jorge "Malcon". Se que seguirás siendo nuestro amado Jorge; a pesar de la ausencia de tu texto o de tu voz queda lo escencial. Queda el cosquilleo que produces en mi corazón cuando recuerdo "los amamos" al final de tu correspondencia.

Sin duda, todo cuanto hay en el Universo es para que sigamos compartiendo, y sólo se puede compartir cuando se ama. Por eso sería inconclusa esta carta amigo mío si no te dijera que te amo.

Ya estamos en otoño, y el tiempo es propicio Hoy murió mi amigo. Hoy mi amigo dejó de morir.... Así lo quiso y así fue.


El tiene los ojos de muchos colores.

Cuando nos miramos por primera vez, haciendo uso de todas las cosas que se supone todos tenemos y por tenerlas ni nos damos cuenta, aún antes del abrazo que nuestros corazones anhelaban, sus ojos me transmitieron un regocijo y un chisporroteo irisado de vida como jamás había yo visto.

Porque él tiene los ojos de muchos colores.

Sus pupilas se van encendiendo a medida que habla y van virando en la gama más increíble de mezclas que te puedas imaginar. Que si un celeste agrisado cuando calma en el cuento aquel de la niña que creía que era un mago, que de un rojizo anaranjado cuando salta a la picardía con que manejó al desubicado señor que le trataba de robar su lugar, que de un azul profundo como el cielo más límpido cuando remonta las laderas del Himalaya, que de un verde claro como el mar acoralado cuando salta al momento en que Claudia lo acompañó a una selva perdida... todos los colores que se van dispersando y apareciendo con el tono de su voz.

Porque él tiene una voz de muchos colores.

Habla y habla y sus tonos van cambiando y te va atrapando en su forma de contar y vos vas viendo cada cosa que él relata. Y te dan ganas de que no calle jamás, su color de voz es magnífico y su tonalidad cantarina hace parecer muda a las aguas de los torrentes que modelan las rocas y las transforman en cantos rodados.

Igual él.

Te va transformando de dura piedra en un tallado y hermoso canto rodado, limado y acunado por la magia de su voz, de sus palabras y de sus gestos.

¡Qué bien me sentí! Recurrí a él para pedirle ayuda.

Estaba allí sentada, mirándolo, escuchándolo, bebiéndomelo, llorándole los pesares que me hace cargar la vida, jadeante en mi disnea que por momentos me cortaba el aliento y me dificultaba respirar, y de pronto, en el deslizamiento como por una alfombra que él me brindó, con sus argumentos de agua pura, me sentí tan libre y tan viva como él y nuestras risas inundaron los rincones y los techos, se escaparon por las ventanas alborotando las cortinas y fueron flores que se mezclaron para adornar su jardín.

Me sentí viva y feliz.

Nos conocimos hace relativamente poco tiempo, para serte sincera, hace sólo unos meses atrás. Nuestro intercambio empezó en esta maravilla tecnológica de los mails y ese día que te relato, habíamos decidido dejar entrar en el juego de la vida la instancia de tenernos frente a frente.

Yo sabía (y sé ...) relativamente poco de su enfermedad; palabras misteriosas, grandilocuentes, que intentan pintar de importancia y sapiencia algo tan simple y sencillo como la muerte.

Sabía que era un moribundo.

Sé que es un moribundo.

Yo soy una mujer de 45 años con nada de qué quejarse en la vida más que de las cosas en las que todos somos responsables por haber contribuido a vivirla a nuestra manera. Vivo a plenitud rodeada de maravillas y también de caminos áridos que por momentos, me hacen tambalear en alguna angustia que me esconde las alegrías y las risas tan a fondo que me las pierde. Pero no estoy atada a ninguna manguera de oxígeno para poder vivir; ni cargo mochilas-termo para poder dar unos pasos fuera de mi casa. Sé que tan sólo estoy atada a un pasado pesado y cargo unas piedras a las que me colgué de puro gusto.

Todos nacemos muriendo, ya lo sé también, pero tenemos, algo así como un depósito a plazo fijo del cuál no conocemos el vencimiento; Jorge, en cambio, ya pasó por caja y le entregaron todo, le liquidaron su cuenta, y le pusieron el sello de "cancelado" en el plazo de la vida.

Pero, cosas de la vida y la muerte, este "enfisemoso pulmonar", este "alfa", me enseña a mí a aprender a vivir. No a morir.

Con todo amor, Katia


MENSAJES ESCRITOS POR JORGE

Montevideo, martes, 15 de febrero de 2000

Queridos amigos(as):

Ante todo quiero hacer un justo elogio del trabajo que realizan en beneficio de todos nosotros, ya que hasta ahora faltaba una organización que nos agrupe para informarnos, y también para unirnos ya que así representamos una fuerza interesante de presión científica en la búsqueda de una ayuda efectiva.

Soy médico psiquiatra, tengo 58 años y estoy en una lista de espera para trasplante pulmonar. Vivo con oxígeno permanente, utilizo la misma cuantía de medicamentos diarios que deben consumir muchos de ustedes y cada vez que escucho a un colega hablar de mi problema siento que me están tratando como a un ser desechable a punto de terminar su vida útil. En los últimos quince años he recibido lo que se me ha dado en llamar "amenazas de muerte natural"; amenazas hechas por eminentes neumólogos de varias partes del mundo, que vaticinaban hasta los meses que me quedaban de vida.

Entonces recordé los viajes a oriente, en donde realicé mis estudios sobre filosofía oriental y su relación con la salud mental, y entendí que si no buscaba adentro mío nadie podría ayudarme. Tenía que perder el temor a la muerte y abandonar mi manía de quejarme constantemente sin poner en acción algún mecanismo de autoayuda.

Reconozco que al principio pensé en que no podría vencer tabúes culturales que me acompañaban desde pequeño; luego leí, no recuerdo adonde, un adagio que decía; "el miedo al infortunio es, casi siempre, peor que el propio infortunio".

Les relataré solamente mi primer paso para no aburrirlos con una historia demasiado extensa; inventé un sistema de balance diario que me ayudó a recuperar las sonrisas y hasta hoy me permite abusarme de ellas: al despertar de cada día abro mis ojos, y al comprobar mi visión, agradezco no estar en la situación de tantos no videntes, que para ver, como yo veo las formas y los colores, durante cinco minutos serían capaces de cualquier sacrificio. A continuación, o casi simultáneamente, escucho los ruidos de la casa; como vivo en un lugar retirado del centro de la ciudad, la sinfónica natural de pájaros, brisas y silencios, que parecen estudiados para realzar el espectáculo sonoro, penetra en mis oídos, momento en que agradezco mi suerte de oír y me pregunto, ¿qué no hubiera dado Beethoven por escuchar su bella música?; a continuación me levanto dirigiéndome al baño en donde me enfrento con un espejo que se distrae mostrándome el trabajo del tiempo y recién allí veo a un hombre atado a una manguera de oxígeno, jadeante y agotado de recorrer unos pocos metros, entonces pienso que, a pesar de todo, llegue por mis propias piernas y que los jadeos me demuestran que ningún hombre puede tener todo, siempre hay un impuesto a la vida que pagar y el mío no parece ser el peor. Sonrío y me juro que aquel día será bueno aunque lo tenga que reinventar; algunos pensaran que este es un método de consuelo y no lo es. Es sí un balance real, en donde coloco lo bueno y lo malo, y si el vaso está con agua hasta la mitad, en lugar de decir que está medio vacío digo que está medio lleno, y si esto es un truco para sonreírle a la vida, que sea.

En mi próximo e-mail les contaré la historia de mi última agonía en el CTI de un hospital y como con un truco de estos, parecido al que han leído hoy, conseguí hacer de este individuo que los médicos catalogan como desechable, uno perdurable, y lo que es mejor, feliz a pesar de mis jadeos.

Fuerte abrazo para todos.

Jorge


Queridas amigas:

Las felicito nuevamente por la cantidad increíble de información que consiguen constantemente. Se siente en esta página la fuerza de dos mujeres maravillosas dedicadas a revisar cada vericueto de la ciencia que consiga ayudar a quienes las leemos, a veces cargados por la angustia de sentirnos sin importancia, o descartados como esas aves pegoteadas de petróleo que suelen verse en la televisión, cuando muestran un accidente ecológico con derrame de combustible en el mar.

Les contaré, como fue prometido en mi anterior e-mail, una historia verídica que me sucedió en noviembre del noventa y ocho, en ocasión de asistir a un encuentro entre trasplantados de pulmón, médicos cirujanos, y futuros trasplantados, entre los que me encontraba yo.

Después de asistir a emotivos discursos dados por algunos trasplantados que contaban sus historias y arengaban a los que esperábamos en una larga lista de espera y temor, escuchamos a los médicos instándonos a seguir luchando mientras narraban anécdotas, tipo película Americana, en donde siempre ganan los buenos, evidentemente para inculcarnos el valor que ninguno de los que los escuchábamos teníamos muy a mano al tocar ese tema.

Acabada la fiesta, mi esposa me acompañaba alentándome y sosteniéndome el termo de oxígeno liquido. Sentí que la temperatura de mi cuerpo había disparado. Primero pensé que sería la emoción, pero inmediatamente y aprovechando el hecho de estar en un hospital especializado en neumología me fueron realizados exámenes y tomografías que mostraban contundentemente una infección que tomaba los dos pulmones. Internado de inmediato comencé un tratamiento de antibióticos elegidos un poco al azar, ya que yo venía de otra infección y en los cultivos del material extraído de los pulmones no aparecía señal de bacterias.

Así fuimos unos doce o quince días, agregando antibióticos hasta llegar a agotar todos los conocidos e imaginables. El aparato que sostenía el suero parecía un arbolito de Navidad de donde colgaban cinco o seis distintos tipos de antibióticos. Radiografías y tomografías mostraban diariamente la perdida de la batalla, refiriéndonos a los médicos; porque para mí, significaba la perdida de la guerra.

Mi esposa fue invitada a llamar a su familia, pues estábamos solos, y de repente el director del hospital, mi amigo personal, entró en mi departamento anunciándome la ida al CTI para monitorizar la situación.

Como ya saben, soy médico psiquiatra por vocación, pero también me considero un neumólogo por necesidad; o sea que en aquel segundo supe que había llegado la hora de demostrar mis convicciones. Me refiero al absoluto convencimiento que siempre tuve sobre ese tipo de salas, definidas por mí como centros de torturas aplicadas a los moribundos. En el momento de mayor necesidad afectiva, cuando el individuo siente la auténtica soledad, en lugar de palpar entre sus manos una mano tierna y amorosa, debe subordinarse a un reglamento rígido que lo relega a la calidad de "cosa" quitándole lo único que le resta, su dignidad. Es de una crueldad suprema, y más aún quedando al cuidado de personas aniquiladas emocionalmente por sus roces cotidianos con el dolor y la agonía. Endurecidos en una profesión en donde cada gesto debería ser de amor y donación, asunto que se jura al recibir el diploma y no se tiene el derecho de olvidárselo jamás.

La excusa de los monitores y la asepsia no es otro tema que ese, una excusa. Tanto los paramédicos, como estos, dentro de un CTI, son los mayores conductores de virus, bacterias, etc.

Como les contaba; después de ser comunicado sobre mi futuro y precario destino luché hasta conseguir ser instalado en una CTI especializada en transplantes que estaba vacía y mi esposa tiempo completo a mi lado.

Apenas alojado en la sala tomé contacto visual a través de un gran ventanal, con la copa de una castañera centenaria adonde se posaban grandes cantidades de pájaros, indolentes a mi sufrimiento, y los verdes diversos de los gajos se mecían orondos, rendidos al viento fresco de un invierno que se moría por darle lugar a la primavera.

Aquel paisaje fue una señal de vida; en ese instante supe, como sabía la llegada de una lluvia por la presencia de oscuras nubes en el cielo, que no moriría.

Me olvidé de la oxigenación, que se resistía a subir de sesenta, de mi mascara Bi Pap no invasiva (en mi caso se hace imposible la invasiva por el estado del pulmón); concedí la licencia que la imaginación me pedía para emprender vuelo con cada pájaro que alcanzaban a ver mis ojos, recorrí la ciudad sin conocerla, sin hacerle caso a las disneas que a cada momento parecían más rabiosas y tozudas.

Decidí vivir.

Proseguir la bella aventura que la forma humana, sugestiva y pasajera, me regalaba a cada paso, sorprendiéndome y haciendo con que esa sorpresa fuera el axiomático condimento de mis días.

Cuando la disnea me llevaba a un punto insoportable, empleaba un truco que aprendí en la India con un viejo y desarrapado maestro de Yoga: dejaba la mirada perdida en el espacio, como cuando uno se cuelga de la nada y las otras personas nos preguntan en qué estamos pensando y decimos tímidamente "en nada"; tratando de evitar la angustia y la desesperación a través de una total indiferencia, una quietud mental sin intervención de la conciencia que milagrosamente le da tiempo al organismo a utilizar sus verdaderos sistemas inteligentes de defensa. Relajaba completamente el cuerpo, abandonaba lo más posible el mundo del pensamiento y ni siquiera movilizaba la imaginación. Simplemente perdía la mirada en un punto lejano en donde los ojos siguen activos pero no consiguen definir mentalmente lo que ven y así, dejaba el tiempo pasar sin preocuparme ni ocuparme del asunto. Trance hipnótico.

Nuestro organismo no necesita un esfuerzo mental para cicatrizar una herida, ni para defenderla de infecciones, él tiene una inteligencia subyacente que, a veces, debido a nuestra posición psíquica (angustia, miedo, pánico, ansiedad, etc.) deja de funcionar como debería. Tan sólo con liberarla, esta inteligencia natural consigue concretizar milagros.

Para terminar la historia, que ya supongo se extendió más allá de vuestra paciencia, diré que; gracias a la pericia y dedicación de los médicos que me atendieron durante este episodio que descubrieron a tiempo que no era infección sino una bronquiolites obliterante, mi fuga del campo de concentración (CTI común) que me permitió aferrarme a las manos de Claudia y más tarde de Laura (su hermana) y Teresa (cuñada) (quienes junto a nuestra fiel y amada amiga Rosana habían viajado desde muy lejos para despedirme con todo el amor de sus corazones), los pájaros que me llevaban de paseo cuando el cuerpo parecía rendirse, y este pequeño gran truco que acabo de contarles, me ha permitido seguir hasta hoy y darme alegrías superiores, como por ejemplo; conocer a dos Ángeles como ustedes que miman desde vuestro propio sufrimiento a todos los "jadeantes" de la tierra.

Volveré con más historias, si es que tienen el coraje de soportarlas.

Fuerte abrazo a todos los lectores, Jorge


Estábamos en un hotel del centro de la ciudad de Porto Alegre, adonde habíamos llegado con la idea de anotarme en el turno de espera por un pulmón para transplante, y hacerme todos los exámenes correspondientes.

Es una ciudad industrial del Sur de Brasil con una gran concentración humana, como casi todas las ciudades de aquel país, sin altas pretensiones edilicias, lo que le da a uno la sensación de estar recorriendo una gran fabrica cuando camina por sus calles y , a pesar de la amabilidad de sus nativos, el visitante no pierde de vista jamás que está solo.

El hotel era muy bueno, elegante y funcional, los cuartos o departamentos bien amueblados, todos con sus televisiones conectados a cable, su pequeña heladera para entusiasmar el consumo, bien decorado, agradable.

Solo nosotros, mi esposa y yo, parecíamos de sobra en aquel paisaje que nos servia de antesala al terror que nos causaba enfrentarnos a una posible negativa de transplante, o a la aceptación para el mismo. No sabíamos, a ciencia cierta, cuál de las dos respuestas nos atemorizaba más.

Para no concentrarnos en nuestros pensamientos, que tenían una gran tendencia a la oscuridad y podrían enviarnos, con la velocidad y facilidad de un tobogán, a una depresión que no deseábamos tener el gusto de conocer, nos enfrascamos en el punto hipnótico de la sociedad moderna, la televisión.

Yo la miraba sin ver, un cierto estado de tristeza embargaba mi razón obligándome a navegar sin rumbo por sensaciones de ansiedad que me asfixiaban al ritmo del enfisema.

De repente escuché, como de lejos, la voz de Claudia e inmediatamente bajé a la tierra para enterarme sobre los motivos de su súbito cambio de actitud; en la televisión mostraban un hospital para enfermos respiratorios que funcionaba a trescientos metros de profundidad, en lo que parecía ser una mina de sal en plena actividad, ya que en la tela de la televisión se observaban personas con aspectos de mineros; el locutor alcanzó, antes de terminar la noticia que habíamos escuchado por la mitad, a decir que se situaba en Yeraban, Armenía.

Nunca una tormenta aparece sin dar algún aviso, así nos había dicho muchos años antes un viejo sabio en Marruecos cuando no entendíamos el por qué de su seguridad al hablar sobre las señales del universo. "Solamente muere en el desierto quien no quiso, por soberbia o ignorancia, atender las señales que estaban ante sus ojos".

Al otro día estábamos nuevamente en Montevideo buscando contactos con Armenia.

El consulado estaba en Argentina y cuando hablamos con ellos, sobre el asunto, no entendían de qué les estábamos hablando, ya que es un país recientemente independizado de la ya inexistente Unión Soviética, y aun no funcionaban muy bien en el tema comunicaciones.

La comunidad internacional armenia nos ayudó en todo; apenas les pedíamos una información, ellos, sabiendo de mi enfermedad y urgencia, revolvían cielo y tierra para obtenerla. Así ubicaron y hablaron con el director del hospital subterráneo, organizaron nuestro viaje a través de una agencia armenia y nos pusieron en un avión rumbo a Grecia, desde donde embarcaríamos definitivamente hasta Yereban.

Fueron días arduos, y de no haber sido por la solidaridad de esta diáspora jamás podríamos haber alcanzado nuestro objetivo de visitar aquel hospital.

Una noche, después de un viaje súper folclórico en un avión desvencijado de Armenia air line, heredado de aeroflot (empresa Rusa), que no tenía aire acondicionado ni burletes de goma en sus puertas, razón por la cual cuando el avión estaba en tierra la temperatura parecía ascender a mil grados y cuando volaba se les congelaba los pies a los pasajeros que viajaban cerca de la puerta, llegamos a Yerevan, capital de Armenia. Las luces del aeropuerto estaban apagadas (ya que llegamos en los días en que un país vecino les declaró la guerra y la ciudad debía mantenerse a oscuras para evitar los bombardeos) y el piloto, con una destreza únicamente obtenida por los pilotos de guerra, hizo un aterrizaje perfecto guiado exclusivamente por las linternas manuales de los soldados que custodiaban el aeropuerto; y que se ocupaban de formar a los pasajeros en fila india y hacerlos correr hasta la entrada de la aduana.

Obviamente nosotros no sabíamos decir ni sí ni no en el idioma de ellos, nos aguardaba una traductora que nos habían conseguido nuestros amigos de Montevideo; pero por estar en estado de guerra nadie, fuera de los funcionarios naturales y los pasajeros, podía entrar hasta donde nosotros nos encontrábamos. Al soldado que le tocó hacerme correr le creció una tremenda frustración al escuchar el tamaño de mis jadeos y los gritos desesperados de Claudia, que a esa altura se sentía la viuda solitaria ya que, fuera de llorar, no podría contarle a nadie cómo habían sido mis últimos momentos y menos aun traducir mis últimas palabras.

Un pasajero armenio, que hablaba español por haber vivido en Argentina, me salvo de un fusilamiento estúpido cuando consiguió explicarle a un oficial mi situación.

La aduana pidió aclaración de todo, aun no habían adquirido el trajín de las aduanas democráticas, ¿cuánto dinero tiene?, ¿para qué?, ¿marca del reloj pulsera?, etc. etc. etc.

Finalmente consiguieron ponernos en contacto con un changador (que estaban prohibidos terminantemente), y salimos de la aduana entrando a una ciudad que por su oscuridad no sabíamos si era linda o fea, grande o chica.

Estábamos asustados y muy cansados.

Llegamos al hotel; un cinco estrellas maravilloso en su estructura arquitectónica heredado de los tiempos en que los comunistas, que cortaban la torta, vivían como reyes.

Al otro día aparecieron en el hotel el director del hospital y la traductora contratada por la agencia de viajes, dos personas maravillosas como todos los que conocimos en aquella ciudad de terracota, construida en piedra rosa tallada a mano, con anchas avenidas y museos fantásticos en donde se encuentran manuscritos de Aristóteles, plazas milenarias, y una cultura extraordinaria conservada por los armenios con sangre sudor y lágrimas a través de épocas de oro y de genocidios monstruosos.

Ella, Sveta, dominaba el español mejor que nosotros, era una mujer de media edad con fisonomía eslava y una inteligencia despierta que después conocimos profundamente; el médico, Dr Voskanían, una figura noble que lucia barbilla rubia y una estatura superior a la de sus coterráneos, sonrisa afable y gestos suaves aunque firmes. Usaba sus ojos, como un verdadero médico debe utilizarlos; parecía un águila revisando su coto de caza, me observaba hasta en mis mínimos detalles.

Ese mismo día nos llevaron a la mina.

Bajamos con el resto de los obreros, médicos, y pacientes, en un montacargas, oxidado por siglos de uso, que pendía de un cabo de metal y cada tanto rozaba las paredes del estrecho túnel horadado en la tierra, como un péndulo, hasta descender los trescientos metros prometidos por la televisión de Porto Alegre.

Yo estaba viviendo, desde hacía un buen tiempo, una de esas crisis que apenas me consentía caminar muy lentamente unos pocos pasos y tomarme un descanso para reiniciar la tarea. Caminamos por senderos de sal mineral hasta llegar a una puerta que dividía simbólicamente el terreno que le pertenecía al hospital, de la mina; antes de traspasar dicha puerta habían construido unos vestidores adonde debíamos dejar nuestras ropas contaminadas de la superficie y ponernos unos delantales esterilizados. Todo esto acompañados amorosamente, lo digo así porque la ternura que usaban con los pacientes solo se puede describir como amorosa, por los médicos y enfermeras que pasarían el día con nosotros.

Después de una evaluación clínica cada uno iba a sus quehaceres; dada mi crisis se nos destinó (Claudia me acompañaba todo el tiempo) una suite cavada en la piedra con dos camitas muy bien arregladas y la orden de descansar.

Durante treinta días pasamos las nueve horas de sol allá adentro, durmiendo y respirando el aire salobre, con radiación cero (debido a la camada de sal que nos cubría, y la profundidad), influencia cósmica cero, con mis pulmones hiperinsuflados contrayéndose en un ambiente salino puro. Comiendo apenas lo que ellos nos daban en una salita preparada para evitar la contaminación del resto (4000 metros cuadrados de pasillos y apartamentos cavados en la sal, con juegos de mesa para los más capacitados y dos baños, también cavados en la sal pero con toda su higiene en orden)

No sé si la experiencia fue curativa por sí misma, sí sé que mejoré muchísimo y que vi gente con crisis asmáticas terribles salir prácticamente sin los síntomas con que habían ingresado. Creo que si yo hubiera ido algunos años antes podría haber sido de extrema utilidad; después de aquel viaje leí muchísimo sobre este método antiquísimo de cura respiratoria y no guardo dudas sobre su utilidad.

Pero la finalidad de mi escrito no es la de evaluar lo científico o no de este tratamiento ya que no tengo calificación académica para tal tarea; sí quería transmitir un mensaje de esperanza y lucha que nunca debemos perder, atender a nuestros médicos, pero también no dejar pasar por alto las señales del universo, al que pertenecemos y el que seguramente tiene la llave para abrir nuestra chance de vivir.

Este viaje que les acabo de relatar fue una tentativa válida por seguir alimentando la ilusión de la vida; a mi me fascinó, conocí un pueblo maravilloso que me llenó de amor por señas cuando no contaba con mi traductora, penetré en un ojo oscuro de la tierra persiguiendo el sueño de la vida, acaricié la esperanza de un milagro y, además de hacerme sentir funcionalmente mejor, decoró mi mente con una aventura inmortal, como la propia existencia.

MONTACARGAS

 

 

MONTACARGAS

 

 

 

CAMINO AL HOSPITAL

 

CAMINO AL HOSPITAL

 

 

 

SUITE HOSPITAL

 

SUITE EN EL HOSPITAL

 

 

 

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Última revisión en 05/06/2012


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